Un siglo en rojo y negro…

Febrero 25, 2010

Max Gallo, prolífico escritor francés especializado en bucear en la historia de Europa con investigaciones pero también con narrativa, llega a mis manos gracias al mostrador de novedades de la biblioteca. El pacto de los asesinos llama poderosamente mi atención, como el hecho de ser el primer “usuario” en sacarlo y, por tanto, disfrutar del olor a libro nuevo que tan inconcebible resulta en una biblioteca. Se trata de una obra dura, amarga, real… que narra la azarosa vida de Julia Garelli, la condesa Garelli, uno de esos personajes que, de forma similar a otros como Lawrence de Arabia, Admunsen o Earhart, ha vivido por mil personas.

Duquesa italiana de rancio abolengo, convertida al comunismo por amor en los inicios del maldito siglo XX, la bella Garelli iniciará su revolucionaria estela vital viajando con el mismísimo Lenin en el tren blindado alemán que, con el permiso y financiación del káiser Guillermo II, prendió la hoguera de la revolución bolchevique en la Rusia de los zares. La espiritualidad, la ilusión por cambiar el mundo, la pretendida fraternidad internacional de los obreros del planeta se irán poco a poco empapando en sangre: primero en la cruenta guerra civil contra los ejércitos blancos, después en la economía de posguerra y su terrorífica hambruna y, finalmente, con la llegada al poder de Él, Stalin.

Sus camaradas y amigos irán cayendo en las interminables purgas mientras ella es forzada a recorrer Europa al servicio del georgiano inquilino del Kremlin: vender joyas de fusilados nobles zaristas para financiar la revolución, pactar con los alemanes en un incomprensible abrazo económico-militar… Mientras Europa se hunde en los abismos de la II Guerra Mundial, sabrá de su viudedad impuesta por un tiro en la nuca y, finalmente, será deportada a las polvorientas llanuras de Asia Central, como una inquilina más del célebre gulag. Ella, comunista desde los inicios, se verá acusada por el nuevo Terror de prácticas nazis y trotskistas… y lo peor está por llegar. En virtud del infame pero ahora comprensible pacto de no agresión entre Hitler y Stalin de 1939 (el pacto de los asesinos), será, junto a otros luchadores comunistas alemanes, entregada a los nazis para dar con sus huesos durante ¡cinco años! en el campo de concentración de Ravensbrück.

Así, está auténtica luchadora se convertirá en víctima de los totalitarismos del siglo XX, el rojo y el negro, y tras sobrevivir a ambos dedicará su vida a hacer pública la terrible realidad de la Unión Soviética —la Alemania nazi ya quedó sobradamente desenmascarada con la victoria aliada—. Enfrentada a los partidos comunistas y a la intocable nación vencedora del nazismo, gritará con todas sus fuerzas la barbarie y el terror del paraíso de los trabajadores. Un idílico lugar en el que, por culpa de los desmanes cometidos durante la dictadura del proletariado, las autoridades se vieron obligadas —en los años 20, tras la guerra civil— a imprimir siniestros carteles informativos que rezaban: “Comerse al propio hijo es un acto de barbarie”.

Sirva este humilde post para recordar a Orlando Zapata, moderno Garelli que recientemente ha fallecido tras más de 80 días de huelga de hambre para denunciar los “halagos” de la policía política de otro paraíso de los trabajadores: la decepcionante Cuba.


La eterna lucha contra el Can…

Febrero 11, 2010

Por recomendación del peruano Raúl del Águila, he podido leer La guerra del fin del mundo, inquietante obra de su paisano Mario Vargas Llosa por el que, dicho sea de paso, siento una gran admiración desde que hace siglos cayó en mis manos La ciudad y los perros. En breves líneas, este absorbente libro narra los hechos acontecidos en el estado de Bahía, en Brasil, poco después del fin del imperio y la proclamación de su república, que provocó una rebelión entre las clases más deprimidas. Lo peculiar de dicha revuelta, que según las crónicas provocó miles de muertos, es que constituyó una mística e ignorante fusión de religión y política. Su líder, Antonio el Consejero, fue seguido como un líder mesiánico que identificó la república y sus avances técnicos y sociales (matrimonio civil, sistema métrico decimal, censo…) con el Anticristo, con el Can.

Ese ejército de desarrapados que poblaba el sertón bahiano poco a poco fue convirtiéndose en un torrente humano que desembocó en Canudos, nueva Jerusalén y epicentro de la sangrienta revuelta. A este lugar acudieron los peores delincuentes, redimidos de su vida de robo y muerte como Joâo Satán; tullidos como el León de Natuba, llamado así por sus melenas y su condena a andar a cuatro patas; el Beatito, iluminado que, cilicio en muslo, sólo quería alcanzar la gloria divina; María Quadrado, ultrajada en vida y rebautizada como Madre de los Hombres por su amor a todos sus semejantes… y así un desfile de almas que en ocasiones recuerda el show de Tod Browning. Y por supuesto, los yagunzos, soldados de este peculiar cristo que juraron defender hasta la muerte, y así lo hicieron, al Buen Consejero.

Expedición tras expedición, las tropas enviadas por la República de Brasil son masacradas y ésta, cada vez más consciente de la revuelta que arrasa Bahía y que podría extenderse por el país, decide mandar todo un ejército con miles de hombres a aplastarlos. Mientras la multitud de civiles reza, reza y reza, los yagunzos resisten, resisten y resisten como pueden con fusiles, trabucos y facas hasta que la superioridad de los “perros” finalmente se impone.

Varias son las reflexiones que me vienen a la cabeza tras esta más que recomendable lectura. Una, que se trató de una revuelta de los más pobres entre los pobres, manipulados por una mezcla de religión y fantasía (creían que el rey Sebastián emergería del océano para ayudarles). Dos, que al final, luchas políticas aparte, son los poderosos lo que se imponen a sangre y fuego. Y tres, que este grupo, que se oponía a la jerarquía eclesiástica, me recuerda a otros episodios similares como el de los cátaros, que pagaron con su vida el hecho de ser diferentes o no pensar de la misma manera que las opulentas clases político-religiosas de su tiempo. De todos modos, ¿qué importan unos miles de muertos si la doctrina y los privilegios se mantienen?


Jared Diamond I: Armas, gérmenes y acero

Agosto 10, 2009

gtidPido disculpas por mi tardanza en aparecer, pero creo que ha merecido la pena porque retorno con energía renovada, mente despejada y con ganas de hablar de Jared Diamond. Este científico, gran especialista en ornitología, tiene cuatro grandes obras que tratan de analizar el desarrollo del ser humano. La primera de ellas en caer en mis manos y descubrirme a su autor fue Armas, gérmenes y acero, uno de los libros que sin duda me han marcado y que recomiendo y regalo en numerosas ocasiones.

El libro analiza el desarrollo de las distintas sociedades humanas del planeta enumerando las claves que han hecho que unas se impongan a otras. ¿Por qué Atahualpa no cogió prisionero a Carlos V en Castilla y sin embargo Pizarro atrapó a este caudillo inca en Cajamarca? ¿Por qué Europa se impuso a América? ¿Cuáles fueron las claves que hicieron que unas civilizaciones acabasen con otras? La potencia militar, la resistencia a las enfermedades y el desarrollo industrial y tecnológico constituyen los pilares del triunfo en la carrera por la expansión y conquista de nuevos territorios.

Desde los primeros asentamientos que desembocaron en los primitivos imperios de la cuenca fértil de Mesopotamia hasta las grandes potencias coloniales del XIX, todo tiene relación en aspectos como los descubrimientos de nuevas técnicas metalúrgicas, la domesticación de los animales y la mejora en los cultivos. En la carrera por el triunfo sobre el vecino finalmente Europa se llevó la palma, pero ¿qué hubiese pasado si los animales hubiesen sido domesticados antes en América y su población hubiese desarrollado resistencia a las enfermedades que luego, con la llegada de españoles y portugueses, resultaron devastadoras? ¿Y si los miles y miles de guerreros aztecas que se enfrentaron a los centenares de españoles de Cortés hubieran contado con caballos, peto y espadas de acero e incluso piezas de artillería? ¿Y si hubiesen desarrollado artes de navegación que les permitiesen cruzar el Atlántico? Ciertamente la historia hubiese resultado muy diferente y, quien sabe, en España, Francia o Italia se hablaría ahora el náhuatl o el quechua… Armas, gérmenes y acero, un libro francamente recomendable.


El río del horror…

Julio 14, 2009

selvaEl cauce se abría ante nosotros y se cerraba a nuestro paso, como si la selva se hubiera apoderado del río lentamente para cortarnos la retirada. Penetrábamos poco a poco hacia el corazón de las tinieblas”. No, no se trata de las meditaciones del capitán Benjamin L. Willard remontando el río Nung en el Apocalyse now de Coppola, sino de las del marino en El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. El comentario y la recomendación de hoy versan sobre este clásico de la literatura de viajes y aventuras en la que se basó la oscarizada película ambientada en la Guerra de Vietnam. No en vano ambos, el capitán y el agente de la CIA, buscan a un Kurtz, un hombre misterioso, extraño pero para todos sus allegados único y extraordinario, bien en su faceta de coronel norteamericano desertor y rebelde, bien como agente comercial destacado en el corazón de África por un compañía británica. Gracias al auténtico filón literario que supone la Cuesta de Moyano, he tenido la posibilidad de disfrutarlo en tres calurosas y tranquilas tardes de verano.

La obra de Conrad, también conocido por su libro Lord Jim, tiene esa pesadez descriptiva de muchas de las obras del siglo XIX, con profusión de detalles y giros ya en desuso, pero que cumple a la perfección la función de, por decirlo de algún modo, ventana a las maravillas inexploradas del mundo. Es decir, posiblemente Julio Verne, y por alusiones Conrad, no hubiera tenido el éxito que cosechó en una sociedad como la actual en la que la geografía, el espacio y la técnica han alcanzado un nivel impensable hace solo un siglo. Cierto es que, de escribir en la actualidad, sus tribulaciones se basarían en Internet, viajes a Marte y energías renovables infinitas, pero creo que no sería lo mismo porque el hombre, ya desde joven, vive en un constante aprendizaje y control del medio, en un planeta donde cada vez existen menos lugares recónditos y tribus sin contactar.

 
Pero es precisamente ese espíritu aventurero, de viajeros con rifles y porteadores, lo que hace de novelas como El corazon de las tinieblas obras amenas y entretenidas. ¿Quién no ha soñado de pequeño con ser un valiente explorador y luchar con leones y caníbales (la tripulación de Marlow lo es)? ¿Quién no ha querido protagonizar alguna de las novelas de Verne, Salgari o el mismo Conrad? Yo, sin ir más lejos, hubiese renunciado a mi postre para siempre por poder viajar en el Nautilus aunque fuese una legua y en la superficie…

Ahora bien, dejando aparte ramalazos juveniles, Conrad consigue crear una novela que va mucho más allá del mero ejercicio aventurero. Por varias razones. Una, su velada y a veces abierta crítica al colonialismo europeo del XIX en África, con sudorosos y racistas blancos esquilmando el territorio habitado por ‘bestias’ además de por animales salvajes. Dos, su bien construida travesía por el río, que al igual que en la mencionada película de Coppola, vertebra la historia y la hace crecer aunque siempre se navegue a contracorriente, en una atmósfera en la que la selva, las tinieblas, someten al hombre a una presión asfixiante, con cientos de ojo acechando en la mancha negra que comienza en ambas orillas. Y, finalmente, Kurtz. Él es la clave.

“¡El horror!, ¡el horror!”, repiten ambos Kurtz con ojos enfermizos por la fiebre y su estancia en el infierno… Su figura se sitúa en el corazón, en el centro de las tinieblas, como una piedra Kaba alrededor de la que gira no sólo el protagonista, sino todo el universo del relato. Idealizado por todo aquel que ha tenido la oportunidad de conocerle y totemizado por los pueblos (vietnamitas o africanos) que acaudilla, Kurtz es en sí mismo un mito real e imaginario, que no obstante finalmente muere como el resto de seres humano pese a que el vacío se haga insoportable para sus fieles. “¡El horror!”, pero ¿qué habita en la mente del señor de las tinieblas?


Quién es quién…

Junio 5, 2009

Cuaderno de bitácora. Segundo día de navegación.A paso de cangrejo copia

Como mandan los usos y buenas costumbres, hay que presentarse. Mi nombre es Álvaro Martín Valcárcel y vivo desde hace unos años en la Corte porque, siguiendo la estela de miles de paisanos, como buen extremeño me fui a hacer las Américas, en este caso los “Madrides”.

Vivo en Lavapiés. Sí, en  el mítico Lavapiés que ni es tan mestizo ni tan canalla, pero que es un lugar en el que realmente merece la pena vivir. Precisamente por ello, mis ‘Misterios de Madrid’ no son ni de lejos los de Antonio Muñoz Molina, sino que, como muestra, gastronómicamente son el arroz polao, el durum y la cerveza Kobra. Y de ahí en adelante… El resto los iremos comentado si os parece bien.

Libro del día (que me acompaña actualmente en mis eternos trayectos de la línea 1 de Metro): A Paso de Cangrejo, de Günter Grass. A grandes rasgos, analiza uno de los innumerables dramas de la II Guerra Mundial, el hundimiento por un submarino ruso del barco Wilhem Gustloff, cargado hasta los topes con más de 9.000 refugiados alemanes y que perecieron en su inmensa mayoría, 4.000 de ellos niños. Para ser coherentes, haremos la crítica cuando lo terminemos aunque he de reconocer que por El tambor de Hojalata Grass ya tiene mi aprobado. Ahora, a por nota…