Crónicas Cursivas I: Tengo un plan

Una grieta de una baldosa de la estación de Cercanías me trae a la mente polvorientos proyectos que, como esta placa de estética setentera, hace mucho que tiempo que se hallan en ruinas, resquebrajados por la acción combinada del viento de las pequeñas luchas diarias, el agua del difícilmente mitigable conformismo y el salitre de nuevas apetencias.

El terminar siempre lo que se empieza queda muy bien como moraleja final de capítulo de serie ñoña de Disney Chanel, pero en la práctica es bastante difícil de cumplir.

Si abro la papelera de reciclaje de mi endemoniado Windows (sálvanos Steve Jobs) aparecen pequeños y grandes archivos con el olvido como elemento común. Si el infierno está llenos de buenas intenciones, entre cada una de ellas se hallan los propósitos de enmienda, pero, ¡qué diablos! no se trata de cumplir un estalinista plan quinquenal cada día y el hecho de volver a retrasar el estudio del inglés, permitir que sobre el coche se deposite una nueva capa de sedimentos o ser incapaz de eliminar del rico castellano propio las ráfagas de tacos no es motivo para acabar durante toda la eternidad en la sala de calderas.

Pero luego están las grandes proyectos, las heroicas metas que hinchan pechos en los días de euforia aunque sea por unos segundos: presentar el Telediario, ganar un premio combinado del Pulitzer, el Nobel y la Medalla al Trabajo, desequilibrar con mi sueldo el PIB… y sobre todo dejar una huella. Pero una impronta no a modo de placa en el callejero como los AC/DC o el Mar de Arán, ni tampoco acumular miles de resultados de Google al teclear mi nombre.

Miro de nuevo hacia la grieta pero esta vez de forma muy rápida porque ya entra cansinamente el tren en la estación y busco la palabra clave. ¿Amor? ¿Dinero? ¿Poder? ¿Sexo? ¿Gloria? No, de repente caigo y la solución es mucho más fácil que todo esto. La solución está en las caras de los grises pasajeros que, a modo de manada, son vomitados por las puertas del ruidoso tren. No se trata de ser el primero, ni el mejor, sino de haber alcanzado la posición dominante y eso, aunque parezca ridículo, es posible tan sólo con una sonrisa.

Deja un comentario